martes, 30 de octubre de 2012

Primeras palabras desde una jaula.

Nunca comprendí aquello que me dijo.
Soy un ave enjaulada.
¿Un ave enjaulada?
Aparté la vista del libro intrigada, con una mirada que expresaba la curiosidad propia de un niño. 
Eso. Un ave en una jaula. Algunos  humanos somos un ave en una jaula.
¿Por qué?
Se quedó pensando y elevó los ojos hacia el cielo nublado, como buscando las palabras adecuadas para expresar aquello que sólo los más profundos pensamientos podían expresar. No hacía falta, era muy predecible. Casi podía leerlo en sus ojos, siempre tenía una mirada única, una mirada nunca vista antes en otras personas. Se limitó a bajar la vista y a sonreír.
—Es muy difícil de explicar.
—¿Por qué?
Insistí. Se rió de mí, con aquella risa melodiosa  e inusual que parecía que nunca la había oído antes. Nada había visto antes de su persona, ni su extraña manera de hablar. Nada.
Hay algunas personas que participan de la vida y viven de ella. Otros, como yo y como tú somos aquellos que fueron nacidos desde el cautiverio. Algunos lograron escapar y son muy conocidos. Vivaldi, por ejemplo.
—¿Vivaldi?
—Sí, Vivaldi. Él no se limitó a escuchar otras sinfonías, él compuso sus propias sinfonías. Él escapó de la jaula.
—¿Y yo?
Ahora mi curiosidad iba creciendo y mi acompañante parecía disfrutar de la atención que se traslucía en todo. Me jactaba de ser una persona impasible pero esa persona podía verme como a través de un vidrio. Esperé impaciente su respuesta, tamborileando los dedos en la tapa del libro.
—Tú todavía eres un ave en una jaula.
—¿Por qué?
Otra vez esa pregunta. Su expresión cambió a una de resignación, como si yo misma no pudiera comprender, como si no pudiera ver la maravillosa luz de sus pensamientos. 
Eres una violinista, pianista y qué se yo cuántas cosas más. Usas instrumentos fabricados por un ave libre. Interpretas sinfonías, sonatas y conciertos hechas por otras aves libres. El libro que estás leyendo fue hecho por un ave libre.

 Y entonces comprendí. Y la luz de sus pensamientos me cegó, como si nunca hubiera visto la luz en mi vida. Sonreí, y volví a abrir el libro en la página marcaba el señalador tratando de olvidar sus palabras y concentrarme de nuevo en la lectura. Sin embargo, cuando nos separamos las palabras golpeaban todavía mi cabeza como un hierro candente. 

¿Entonces, por qué no intentamos escapar de la jaula? 

 

1 comentario:

  1. El temor de salir de la jaula es muy grande, de salir del cautiverio y ya no poder volver. Volar libres es muy hermoso pero te quedas sin esa seguridad que el dueño de la jaula nos alimentará cada día, manteniéndonos vivos. Cautivos, pero vivos.

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