viernes, 23 de agosto de 2013

Florecer.

No estoy segura de si  fue  el suave baile de las flores del lapacho —que se desprenden en un mecer suave de las ramas del árbol-, si es aún el silbar furioso del viento entre los árboles, el cadencioso  "Claro de Luna" de Debussy que escuché la noche anterior entre paso y paso de luz y sombras por entre las farolas del alumbrado público vacío, intentando en vano y con poca gracia seguir el ritmo con el caminar, o el simple agitamiento y la angustia que provoca lo trivial y lo cotidiano en la vida de las personas lo que me impulsó a arrastarme, como un niño travieso arrepentido de sus actos y carcomido por la culpa impropia en un diablillo el volver a la tinta y al papel.

He llegado pues hasta aquí con la firme decisión de florecer. ¿Florecer en qué? Ésa es todavía una buena pregunta. Es sencillo de entender, pero no explicable sin palabras, porque la gente hablando se entiende -o al menos la mayoría de la gente- y yo no soy buena dándome a entender con palabras; he sido hecha de otro material que, probablemente no haya sido el barro mismo como lo cita aquel pasaje bíblico...

Pero no vine a escribir sobre aquello o éso.

He venido a escribir sobre ésto

En el país donde vivo, el clima es tan cambiante que uno no sabe dónde meterse, si llevar el pantalón largo, si hacer caso a los reclamos y las advertencias maternas del "te aseguro que va a bajar la temperatura" y se queda por mucho tiempo sin decidirse entre algo liviano o algo más pesado "por las dudas". Varía el estado de ánimo de la gente, varían los problemas al variar el estado anímico, algunos se sienten felices, otros quizá no tanto. Pero he observado, quizás pasando muchas cosas por encima y sin darme cuenta luego de un  período más o menos largo de tiempo -y haciéndome la pregunta estúpida del ¿No era que los lapachos florecen en verano? ¿Por qué florecen ahora, si no es estación?- Que algo no ha cambiado absolutamente hace mucho tiempo.

Mi profesor de Literatura, un tipo que, al igual que yo, no está hecho del barro mismo,  -porque tiene una manera peculiar de darse a entender, de lo cual deduzco que es una mezcla curiosa- me dijo, hace un corto tiempo "Eres hermosa. Tanto física como mentalmente, sólo que no floreciste todavía. Superas ampliamente en inteligencia a tus compañeros, pero, quizás en otras cosas la talla de las flores no alcanzan a tu inteligencia. Tu alma es probablemente, un buen ejemplo. No hay equilibrio todavía..."

¿Y qué tiene que ver esto con el clima y el florecimiento de los lapachos? Buena pregunta, pero tiene respuesta.

De lo que me di cuenta y fui capaz de asociar, fue que, aún ante el más mínimo rayo de sol, este árbol florece. Florece a medias  a veces, pero casi siempre genera una explosión de color. Y cuando florece, florece por largo tiempo, que el viento mismo se ve obligado a soplar como una tempestad para apagar su color y que logre hacer juego con su cielo gris, y sin embargo, no logra apagar su majestuosidad.

Está lastimado, y sin embargo, sigue floreciendo. ¿Existe relación, ahora, entonces? Pues sí. Entonces, es ésto a lo que he venido ahora.

A florecer.



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