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martes, 11 de diciembre de 2012

Residente 142.



En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro. Y
 el mundo no es sino música hecha realidad.
La afirmación que haré tiene una estrecha relación con el resto de lo que usted va a leer: Componer es, a muchas leguas, más fácil que recordar. Usted se preguntará si estoy loco o si he perdido el juicio. Sin embargo, cuando lea lo demás comprenderá la situación en la que me encuentro.

Resido en Londres, único lugar que no se borra de mi memoria, sin más compañía que un polvoriento violoncello, una pluma y un gato cuyo nombre no logro recordar. No es que a él le moleste demasiado. Ni siquiera puedo recordar mi propio nombre y el rostro que vi esta mañana frente al espejo me pareció tan desconocido que por un momento, pensé que no era el mío. Los vecinos –quiero creer que son vecinos- me saludan y me llaman Residente 142, a falta de nombre conocido.

 Me tomó un poco de tiempo percatarme que ése era el número de la habitación en la que estaba habitando hacía día y medio. Por alguna razón no podía recordar nada. Si bien sabía que estaba en Londres no tenía idea de en qué parte de Londres estaba. Así que tomé la resolución, valiente en ese momento, de marcharme a buscar el lugar al que pertenecía.

Llovía a cántaros y eso me dio una mala espina. De alguna parte de mi cerebro brotó la sensación de que algo me estaba reteniendo a ese lugar. Sin más protección que un paraguas medio roto, y cargado con cello y mascota, salí a buscar un sitio que me devolviera la sensación de origen.

De estos acontecimientos hace un año. No me pregunte qué he estado haciendo en todo este tiempo. Mis memorias, traviesas, han decidido fugarse una vez más sin que yo lo autorizara. Sin embargo, cada vez que escucho una nota, es como si tímidas, decidieran volver. 

Entonces, he buscado, siempre un lugar donde la música me devuelva los recuerdos y al mismo tiempo, serene mi alma inquieta. Un lugar donde deje de ser, simplemente, el "Residente 142."



domingo, 25 de noviembre de 2012

Flor póstuma.

15  de enero, 1944. 07:30 a.m.

En medio de un reguero de balas que arrancaban la vida desde la raíz, el niño se deslizó a rastras por la nieve. Buscando con una mirada corrompida por la crueldad humana, el escondrijo que había adoptado como hogar en las últimas semanas. Sólo algo le impulsaba a llegar ahí, sólo una cosa. La pequeña vida que ahora se encontraba en sus manos. Su propia hermana, que había tenido que conocer el dolor de perder a su principal protección de pequeña. Y ahí estaba ella, temblando ante el poder del General Invierno que comenzó a golpear con inusual fuerza. El General Invierno es sabio, decían sus padres. Él todo lo hace por una razón.
Se quitó la pesada gabardina y los cubrió a ambos. Le tendió un pirozhki, lo único que había conseguido de los soldados rojos en guardia. Lo devoró en cuestión de minutos. No había mucho que hacer, eran tiempos de soledad, de frío... de tristeza.
—¿Mamá?
Nyet, malyy*. Mamá se fue. No volverá.
—¿Papá?
—Tampoco.
—¿Por qué se fueron? ¿No nos querían?
  Guardó silencio. No podía explicárselo, no podía decirle que murieron. No podía decirles que habían muerto. Ella ni siquiera había tenido tiempo de decirles adiós, no los había visto una última vez, nada.
No lo sé.
   
21 de enero, 1944. 15:36 a.m. 

 Había salido a buscar más alimentos. Su situación se había vuelto insostenible. Su pequeño capullo estaba agonizando, alucinando... Si seguía así, ella... No. Apartó los pensamientos de su mente. De hecho, no hacía falta, la noticia que oyó y que comenzó a expandirse fue lo suficientemente buena como para que despertara. Los alemanes se fueron. ¡Victoria! ¡Hemos ganado! ¡Rusia está libre! Corrió, corrió, corrió hasta donde estaba ella, a todo lo que daban sus piernas. Tenía que sacarla de ahí, tenían que festejar, tenía que buscar alguien que los cuidara, tenía que... Disminuyó el ritmo cuando vio a los soldados y los saludó, les sonrió. Pero ellos no. Lo vieron con una mirada triste, y bajaron las cabezas. Se fueron. Le restó importancia y apuró el paso. Estaba feliz, tenía que decírselo, quería ver su cara feliz.
¡Malen'kiy kokon!*
No hubo respuesta.
—¡La guerra ha terminado! ¡Somos libres, podemos salir! ¿Me oyes?
La emoción se fue disipando de su rostro. Su hermana no se movía, no oía, no contestaba.
No respiraba.
Se acercó hacia ella y la tocó, con miedo. Estaba fría, estaba pálida, y tenía una sonrisa, una expresión de nivel celestial. Sonrió. No podía llorar, sonrió. Una sonrisa rota, enferma, adolorida.
Tsvety , moy malen'kiy . Bud'te schastlivy.*
 
Estaba muerta.
Muerta.
Su hermanita.
Y él ya no podía llorar.


N/A.
*Nyet, malyy: No, pequeña.
*Malen'kiy kokon: Pequeño capullo.
 *Tsvety , moy malen'kiy . Bud'te schastlivy: Florece, mi pequeña. Sé feliz.
   

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Infancia

Nos sentamos frente al fuego de la casa coronada por suaves y dulces copos de nieve que acariciaban el techo. Por primera vez en un largo tiempo el lugar de siempre donde solíamos sentarnos estaba tan arisco, tan hosco que nos repelía con sólo mirarlo. Nadie quería hablar, así que agarré un libro diferente de la estantería y me puse a leer, como cuando estábamos juntos. Estuvimos así por un tiempo cuya duración desconozco, pero de a ratos me parecía que mi acompañante había desaparecido. Así que levantaba la cabeza y ahí seguía, mirando la madera arder, retorcerse, crujir y esparcir el aroma a pino.
 Seguí leyendo. Hasta que oí su voz, con mucho alivio, para mi fortuna.
—¿Recuerdas,—Comenzó a hablar y sentí un estremecimiento. Cerré el libro....cuando eras una semillita todavía? 
Me recliné en la silla juntando las manos.
¿Qué hay con mi niñez?— Para mi sorpresa, la voz salió... cruda. No me gustaba recordarlo. Sólo por la diferencia entre mi perfecta infancia con mi gris actualidad.
También naciste en un invierno como éste.
Me callé.
Creo que viniste muy temprano. Pero te querían. No ibas a la cama sin que te contaran cuentos, sin que te cepillaran ese cabello rebelde, y... ¿Recuerdas?
Su voz se volvió una letanía. Y vi una sonrisa de ángel en ese rostro precioso.
 ¿Dónde están ahora esas lágrimas cuando una inocente piedrecilla dibujaba una herida en tu piel sin marcas? ¿Dónde está el olor a roble quemado en la chimenea? ¿Y el arullo de una canción en un idioma desconocido? ¿Los ojos cerrados, un sueño, un despertar, la chispa en la mirada?
 Sin proponérmelo visualizaba todo lo que decía. Como si cada palabra mágica que saliera de aquellos labios se materializara, fuera tangible, real, doloroso...
Ahora tienes los dedos ásperos. La piel marcada por muchas secuelas, heridas que tú misma te causaste. Ahora la chimenea huele a pino, la canción se convirtió en ruido y nunca cierras los ojos. ¿Por qué ya no eres quien eras?

"¿Por qué ya no, Pequeña Vólkova?"


 

sábado, 10 de noviembre de 2012

Verso desconocido.

Lo que siguió después
No fue más que una risa,
Una historia al revés
Y el suave soplar de una brisa.
Sólo la vida en escencia,
Producto de una triste reminiscencia.



Invierno

Intenté de todo para olvidarte.  Todo tipo de distracciones momentáneas que no fueron más que un rocío de esperanza; que cayó en una barcaza de melancolía navegando por las aguas del dolor. Se esfumaron al instante y se convirtieron en peligrosas lanzas del hielo de tu indiferencia. Y luego me preguntaste ¿por qué vives en invierno? Por toda respuesta recibiste una carcajada. Una risa amarga e irónica salida como un escape desde los más profundos interiores de mi alma; que ni siquiera alcanzó a iluminar mis ojos.Y luego te fuiste. Te fuiste otra vez, sin siquiera esperar mi respuesta. Igual que la última vez.

  ¡Si supieras, inocente criatura, el daño que me hiciste!


jueves, 8 de noviembre de 2012

Claro de Luna



Aquellos dedos mágicos parecían no levantarse nunca y al mismo tiempo, levitar en las teclas del piano transparente. Su figura etérea y simultáneamente masculina,  también parecía flotar como el alma que no se pierde nunca en la monotonía de una vida solitaria. Los acordes, a pesar de ser apagados, parecían arrancarle deliciosas expresiones de gozo que le daban aún más virtuosismo a su manera de interpretar. Creyó que nunca en su vida había visto hombre más hermoso, más sobrenatural que aquel que interpretaba aquella serena y calma sonata de Beethoven.

Se sintió, por un momento, fuera de lugar y que su cuerpo estaba actuando de manera independiente, bajo su propio control. Lágrimas rebeldes que no había autorizado a escapar, repentinamente, obscurecieron su vista y se volvió una persona ciega, una persona que ni siquiera escuchaba con los oídos, sino con el alma que ahora estaba en un estado de exaltación. Pero no quería dejar de ver la expresión de su rostro, así que con una mano lánguida, se enjugó el cristal hecho líquido que le hacía un velo a aquellos ojos de esmeralda.

El sonido se apagó más si cabe, moribundo, arrastrado, depresivo… Hasta que murió. Murió, se extinguió, y sin embargo, todavía quedaba flotando en el aire, como un espíritu susurrante al oído de la estupefacción. Reinó un silencio de tumba y luego la inspiración fue cortada por el sonido de un montón de almas regocijantes. Reaccionó y se dignó simplemente a mirar: No tenía ni siquiera fuerzas para ovacionar.

Porque, ¿desde cuándo se había vuelto digna de ver a lo divino entre la raza humana? ¿No era demasiado, ya, acaso?

domingo, 4 de noviembre de 2012

Lo mismo de siempre.

Ella odia la rutina. Y sin embargo, tiene una paciencia inacabable para soportarla. Tiene una cara para elegir todos los días. Y todos los días, con un puño de acero y la máscara de ficción enfrenta a la salvaje marea de la monotonía, buscando domarla. Buscando que se apacigue sin éxito alguno. Pero no deja de intentarlo, porque es como es y así siempre será, sin importar lo que digan los demás. Después de todo, nunca conoció otra forma de enfrentar a la rutina.