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jueves, 8 de noviembre de 2012

Claro de Luna



Aquellos dedos mágicos parecían no levantarse nunca y al mismo tiempo, levitar en las teclas del piano transparente. Su figura etérea y simultáneamente masculina,  también parecía flotar como el alma que no se pierde nunca en la monotonía de una vida solitaria. Los acordes, a pesar de ser apagados, parecían arrancarle deliciosas expresiones de gozo que le daban aún más virtuosismo a su manera de interpretar. Creyó que nunca en su vida había visto hombre más hermoso, más sobrenatural que aquel que interpretaba aquella serena y calma sonata de Beethoven.

Se sintió, por un momento, fuera de lugar y que su cuerpo estaba actuando de manera independiente, bajo su propio control. Lágrimas rebeldes que no había autorizado a escapar, repentinamente, obscurecieron su vista y se volvió una persona ciega, una persona que ni siquiera escuchaba con los oídos, sino con el alma que ahora estaba en un estado de exaltación. Pero no quería dejar de ver la expresión de su rostro, así que con una mano lánguida, se enjugó el cristal hecho líquido que le hacía un velo a aquellos ojos de esmeralda.

El sonido se apagó más si cabe, moribundo, arrastrado, depresivo… Hasta que murió. Murió, se extinguió, y sin embargo, todavía quedaba flotando en el aire, como un espíritu susurrante al oído de la estupefacción. Reinó un silencio de tumba y luego la inspiración fue cortada por el sonido de un montón de almas regocijantes. Reaccionó y se dignó simplemente a mirar: No tenía ni siquiera fuerzas para ovacionar.

Porque, ¿desde cuándo se había vuelto digna de ver a lo divino entre la raza humana? ¿No era demasiado, ya, acaso?

domingo, 4 de noviembre de 2012

Lo mismo de siempre.

Ella odia la rutina. Y sin embargo, tiene una paciencia inacabable para soportarla. Tiene una cara para elegir todos los días. Y todos los días, con un puño de acero y la máscara de ficción enfrenta a la salvaje marea de la monotonía, buscando domarla. Buscando que se apacigue sin éxito alguno. Pero no deja de intentarlo, porque es como es y así siempre será, sin importar lo que digan los demás. Después de todo, nunca conoció otra forma de enfrentar a la rutina.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Negro.

Nunca hubo una sola palabra capaz de describir su alma en su totalidad. A estas alturas, dudo que posea alma. Creció como una persona diferente y de hecho, siempre lo fue. A pesar de que nació multicolor, preparada para ser un arcoiris en cuanto madurara, la semilla se marchitó y se ennegreció con el correr de los años. Y los cuidados que propiciaba el jardinero, no hacían más que empeorar las sombras de su alma. Cuando ni ella misma pudo soportar la tristeza que le provocó no ser una semilla multicolor como los demás, se puso una máscara. Una máscara para aparentar ser igual a los demás. Pocos y nadie han logrado ver a través de esa máscara, en una de las tantas veces de las que se resquebrajó. Ttuvieron tanto miedo al ver algo tan oscuro, que ni siquiera fueron capaces de contarlo. Y hoy...

Hoy que ya no tiene alma, se les ocurrió un color para describirla.
Negro.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Diferentes.

Siempre fuimos diferentes pero encajamos de una manera maravillosa. Tú eras la nota principal, yo el acorde, siempre fuiste más alta que yo. Siempre fuiste más madura que yo. A pesar de que yo aparentaba ser la fuerte, tu mente y tu manera de pensar siempre fueron de hormigón armado y la mía de vidrio. Admiraba cada cosa que hacías y cada cosa que decías. Fuiste el primer amor que sentí de verdad. Porque sabíamos, sin necesidad de decirlo, que en cada frase dulce, se escondía un toque fuerte de amargura. Te quise, te quiero y te voy a querer el resto de mis días. Sos aquel recuerdo imposible de tirar. Y te ruego por favor, no te vayas de mi mente.




jueves, 1 de noviembre de 2012

Lejos.

¿A dónde vas?
—No lo sé. Lejos.
Los ojos azules de la niña se fijaron en los ambarinos de su acompañante y bajó la vista.
¿Volverás alguna vez, Malkav?
—No.
Ahora se puso peor. Por un momento fue incapaz de distinguir la figura de su acompañante de las lágrimas que se hacían presentes en la cuenca de sus todavía inocentes ojos y bajó la cabeza. Le daba vergüenza llorar.
No llores, Harmonie. No lo hagas. Tienes que ser fuerte.
Los brazos aún delgados del niño de aproximadamente diez años abrazaron la figura frágil y golpeada de la niña que se aferró a él, débilmente. Los golpes que sufría en su propia casa eran lo suficiente como para que él fuera su único consuelo en ese momento.
¿Te volveré a ver alguna vez?
—Probablemente. Pero ten en cuenta que por más de que no nos volvamos a ver nunca jamás, siempre permanecerás en mi recuerdo.
La rubiecita se separó de él y se enjugó las lágrimas mientras miraba hacia atrás, esperando que la criada no la pillara o que sus padres no llegaran del trabajo. La golpearían más de lo que ya lo estaba.
¿Harás algo malo alguna vez, Chris...?
—No tengo la respuesta a ninguna de tus preguntas. Pero no te preocupes, no experimentarás lo malo nunca. Te lo prometo.

Y entonces, se fue para siempre.
Se fue por un camino del que no regresaría jamás.
     
 

Puño.

Metió las manos en el baúl de los recuerdos, decidida a arrojarla para siempre de su mente. Decidida a arrojar aquel viejo corazón que todavía latía en los recuerdos de su memoria. A su cabello negro. A su sonrisa dulce, a voz tintineante. Pasaron las horas y no lo encontraba, comenzó a frustrarse. ¿Cuándo se había hecho tan profundo aquel pozo negro, donde arriba estaban las cosas nuevas y más abajo las cosas viejas? Hurgó más profundo, más profundo, más profundo. Entonces, sus manos temblorosas palparon lo que quería y lo que temía encontrar. Aquel recuerdo grande, latente y doloroso que no se hundía nunca. Que seguía en el mismo lugar, viendo pasar a los demás recuerdos.

Y comenzó a estirar los brazos hacia arriba. Mientras más lo hacía, más le dolía. Mientras más le dolía, más le gustaba. Masoquismo, le decían. Llegó hasta arriba y las manos ensangrentadas le temblaban. Negras lágrimas en su rostro y gritos desgarrados de dolor que escapaban de su garganta. Miró el recuerdo. Y no tuvo el valor para hacerlo. Abrió la tapa y lo arrojó una vez más, viéndolo hundirse, soltar burbujas, regresar de nuevo a su lugar.

Y entonces, la tapa se cerró para siempre.
Como un puño el dolor se apoderó de ella.


Bosque eterno.

Una sonrisa sangrienta de su parte en medio de aquella oscuridad. Lágrimas de ángeles negros se cernían sobre él. Y de repente, rojo. Rojo sobre el sonido grave de un instrumento desconocido en el bosque eterno, donde un alma se entregaba al camino de la perdición. Un silencio más que elocuente. Lluvia. Lluvia de desolación, lluvia de soledad. Hojas que crujen y un vaho que sale de entre los labios del alma moribunda y deambulante en el bosque de que no se escapa. La piel blanca manchada de escarlata. Un grito que se convierte en melodía. Uno solo.

Y entonces, la mirada gris se apagó para siempre.