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jueves, 1 de noviembre de 2012

Lejos.

¿A dónde vas?
—No lo sé. Lejos.
Los ojos azules de la niña se fijaron en los ambarinos de su acompañante y bajó la vista.
¿Volverás alguna vez, Malkav?
—No.
Ahora se puso peor. Por un momento fue incapaz de distinguir la figura de su acompañante de las lágrimas que se hacían presentes en la cuenca de sus todavía inocentes ojos y bajó la cabeza. Le daba vergüenza llorar.
No llores, Harmonie. No lo hagas. Tienes que ser fuerte.
Los brazos aún delgados del niño de aproximadamente diez años abrazaron la figura frágil y golpeada de la niña que se aferró a él, débilmente. Los golpes que sufría en su propia casa eran lo suficiente como para que él fuera su único consuelo en ese momento.
¿Te volveré a ver alguna vez?
—Probablemente. Pero ten en cuenta que por más de que no nos volvamos a ver nunca jamás, siempre permanecerás en mi recuerdo.
La rubiecita se separó de él y se enjugó las lágrimas mientras miraba hacia atrás, esperando que la criada no la pillara o que sus padres no llegaran del trabajo. La golpearían más de lo que ya lo estaba.
¿Harás algo malo alguna vez, Chris...?
—No tengo la respuesta a ninguna de tus preguntas. Pero no te preocupes, no experimentarás lo malo nunca. Te lo prometo.

Y entonces, se fue para siempre.
Se fue por un camino del que no regresaría jamás.
     
 

Puño.

Metió las manos en el baúl de los recuerdos, decidida a arrojarla para siempre de su mente. Decidida a arrojar aquel viejo corazón que todavía latía en los recuerdos de su memoria. A su cabello negro. A su sonrisa dulce, a voz tintineante. Pasaron las horas y no lo encontraba, comenzó a frustrarse. ¿Cuándo se había hecho tan profundo aquel pozo negro, donde arriba estaban las cosas nuevas y más abajo las cosas viejas? Hurgó más profundo, más profundo, más profundo. Entonces, sus manos temblorosas palparon lo que quería y lo que temía encontrar. Aquel recuerdo grande, latente y doloroso que no se hundía nunca. Que seguía en el mismo lugar, viendo pasar a los demás recuerdos.

Y comenzó a estirar los brazos hacia arriba. Mientras más lo hacía, más le dolía. Mientras más le dolía, más le gustaba. Masoquismo, le decían. Llegó hasta arriba y las manos ensangrentadas le temblaban. Negras lágrimas en su rostro y gritos desgarrados de dolor que escapaban de su garganta. Miró el recuerdo. Y no tuvo el valor para hacerlo. Abrió la tapa y lo arrojó una vez más, viéndolo hundirse, soltar burbujas, regresar de nuevo a su lugar.

Y entonces, la tapa se cerró para siempre.
Como un puño el dolor se apoderó de ella.


Bosque eterno.

Una sonrisa sangrienta de su parte en medio de aquella oscuridad. Lágrimas de ángeles negros se cernían sobre él. Y de repente, rojo. Rojo sobre el sonido grave de un instrumento desconocido en el bosque eterno, donde un alma se entregaba al camino de la perdición. Un silencio más que elocuente. Lluvia. Lluvia de desolación, lluvia de soledad. Hojas que crujen y un vaho que sale de entre los labios del alma moribunda y deambulante en el bosque de que no se escapa. La piel blanca manchada de escarlata. Un grito que se convierte en melodía. Uno solo.

Y entonces, la mirada gris se apagó para siempre.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Frasco.

Otra vez con esa persona. En el mismo banco, con el mismo libro aún no terminado. Bajo el mismo cielo gris, coloreado por burbujas provenientes de algún vendedor ambulante.
Vivimos dentro de un frasco.
Ésa  fue su reflexión de día. Estaba tan acostumbrada que esta vez no levanté ni siquiera la vista del libro.
¿Y eso quiere decir...?
Que vivimos dentro de un frasco. Deja ese libro.
Obedecí y busqué el señalador. No lo encontré. Metí el dedo entre página y página dirigí la vista hacia la hora en que la luz del pensamiento inundaba mi pequeña y cómoda oscuridad.
Un frasco poéticamente hablando, es igual a una jaula o a una burbuja. Los humanos somos seres que vivimos en frascos. Nuestras vidas están cerradas por puertas, ventanas y celdas que forman el frasco físico. Dependiendo de la persona, el vidrio es más grueso o más fino. Del cien por ciento, el noventa y ocho por ciento de nuestros pensamientos nunca llegan a salir de nuestros labios, o bien, son dichos de una manera diferente. Estos representan a los frascos mentales que se subdividen en en frascos herméticamente cerrados o frascos con filtro.
¿Es eso malo?
 Nadie dice que los recipientes como éste son malos. Son los elementos más neutrales que forman parte de la vida del ser humano. Para todos la vida transcurre fuera del vidrio. Para los demás también. 
Memorable.

En realidad, cada una de sus frases me parecían memorables, cosas sencillas pero imprescindibles para vivir. Me pregunté que haría yo sin las reflexiones diarias de esa persona que se decidía a quitar los pensamientos del frasco.

El frasco no es malo ni bueno.
 

Porcelana.

Ella empezó sobre la marcha sin tener en cuenta muchas cosas. Es muy fuerte y valiente, una persona digna de admirar. Y puso en juego aquello que es como la porcelana, frágil y fuerte al mismo tiempo. La gente como ella le dice confianza. Él era alguien que no se animaba a arriesgar aquella porcelana por miedo a un jaque mate y no se daba cuenta de que era él quien ocasionaba esas situaciones de peligro. Ella decidió tirar la toalla en más de una ocasión, pero aquella impidió que lo hiciera, por miedo a que su amiga fuera incapaz de arregar la porcelana. Ellos siguen en la misma situación día a día, como un círculo vicioso vigilado desde lejos por aquella

Y el primer paso es todavía tímido y desconfiado.

Idiotez concreta.

Einstein decía que hay dos cosas infinitas.  El universo y la estupidez humana. ¡Y cuánta razón! La idiotez está catalogada como una enfermedad mental. No es muy grave, pero sí que molesta. Muchos de nosotros, seres auto-clasificados como no idiotas nos enojamos con los que padecen esta enfermedad, dando una muestra de lo estúpidos que somos. El hecho de que los demás sufran nuesta idiotez, sin embargo, aliviana la carga.

Me he topado con toda clase de idiotas en mis escasos quince años, desde aquellos que defienden su idiotez llamándola fe hasta aquellos, en casos más extremos y reales, que tuvieron que ser llevados a un establecimiento de salud, dedicado al diagnóstico y tratamiento de alteraciones de los procesos cognitivos y afectivos del desarrollo. En otras palabras, enfermedades mentales. Por tanto, puedo decir que algunos son más graves que otros. No soy quién para escribir sobre ellos porque son los seres más inteligentes y felices del planeta, aunque suene a lo contrario. ¿Por qué? Es muy sencilla la respuesta, en realidad.

La idiotez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás


Máscaras


A él le gustaban las máscaras de gas porque el aire de afuera estaba viciado y él no lo respiraba. A casi todos los niños les ponían máscaras de gas. La mayoría de los adultos lo conservaban cuando grandes. Otros, se drogaban con el aire de afuera. Pero él  era diferente. Él había nacido con la máscara de gas puesta.
Nunca respiró el vicio exterior, aunque debía admitir que más de una vez había sido tentado a quitársela.
Sin embargo tenía miedo de perderse para siempre en una nube tóxica y corrosiva 
para las enmarañadas telas rojas que rodean al alma.


ella sin embargo, le agradaban las máscaras venecianas. Estaba todo el tiempo expuesta al aire viciado pero nunca había caído en él. Nadie sabía quién era y era eso por lo cual le agradaban aquellas. Porque nadie podía ver a través de esas máscaras, las pesadas cortinas de su sombría realidad. Alguien intentó ver a través de aquella, pero la realidad le asustó tanto que juró que el artefacto estaba bien donde estaba. Ella se quita la máscara sólo cuando está sola, porque las emociones son tóxicas y corrosivas para las enmarañadas telas grises que rodean el alma.