viernes, 1 de noviembre de 2013

De un psicótico a Valérie.

24 de diciembre de 2005.
Querida Valérie.

Toc, toc, toc.

Abro los ojos ante el ruido, aunque no despierto. Aún estaba en el proceso de transición de la vigilia hacia el sueño. No necesito que mis ojos se acostumbren a la oscuridad, se han acostumbrado ya hace muchos años. Tampoco debo girar la cabeza buscando el despertador con titilantes luces rojas en la esquina de mi habitación para saber qué hora es: Son exactamente 23:40 y quien ha golpeado la madera de arce de la puerta de mi edificio no es más que un visitante que golpea desde adentro de mi cabeza, como un repiqueteo distante que sabe que todo aquello no es real y real al mismo tiempo. Todo me parece intangible. Todo me parece tangible.

Me levanto con parsimonia, despacio, como si un movimiento brusco fuera a espantar la sensación que se apodera de mi cuerpo.

Toc, toc, toc.

Camino como un ciego, procurando esconderme de unos ojos que lo ven todo, sabiendo bien que es inútil esconderse. Apoyo la mano sobre la madera de la puerta y siento cómo que todo lo que soy deja de serlo.

¿A dónde vamos hoy?

He traspasado la puerta y contemplo las deformadas paredes, retorcidas y arqueadas como si un arquitecto se hubiese empeñado en fundir los ladrillos y desmoldarlos al construir la pared. Se van cerrando en torno a mí, se unifican. Un único ojo enorme aparece por sobre la pintura al látex blanca que las adorna, un único ojo vidrioso y azul que observa mis movimientos y me analiza.

Camino por sobre trozos de vidrio roto, de porcelana, de astillas de madera cortándome la planta de los pies. La sangre se derrama, se esparce como dirigida por el pincel de un artista... Una risa histérica se escapa desde el fondo de mi garganta.

Hace mucho no experimento un brote psicótico. Y sin embargo, paladeo la dulce sensación que deja en la boca al principio, como si uno se sintiera capaz de ver las cosas desde una perspectiva en la que los despreciables psiquiatras catalogan como desconexión de la realidad y llevan "paz a las mentes cansadas."

Sí, yo le diría catatonia inducida por fármacos.

He llegado al exterior. Las ruinas del muro Berlín se ciernen a mi alrededor. Las letras pintadas con una botella de aerosol bailan, se retuercen, cambian de lugar y chillan como un demonio. Una rata, vestida con traje de paje me saluda a la distancia. Mis pies cortados tantean un suave brote de nieve y van dejando manchas de sangre debido a las recientes heridas provocada por trozos de porcelana, un alivio para la sensación de ardor y de  molestia que me impedía caminar. Voy vestido de blanco...

Levanto los ojos buscando el cielo pero no consigo ver nada. Cada vez que elevo la vista, un manto blanco cae sobre mí y me impide observar. Un sauce se eleva en sus raíces y camina, con una sonrisa babosa en savia de árbol, diciéndome el camino a seguir para plantarse al lado de un lago congelado.

El hielo sube por sus raíces, por el tronco, hasta las hojas, y como si fuera una intensa ola de calor en pleno verano comienza a secarlo, a marchitarlo desde adentro y se deforma dejando a su paso un río de tinta que sube hacia mis pies y me envuelve. El hielo tira de mí y se resquebraja bajo mis pies... Caigo al agua helada.

No siento sin embargo nada. Elevo la vista al cielo y por fin puedo contemplarlo... Son fuegos artificiales que caen sobre mí. De muchos colores, hermosos. Cobran vida y siembran destrucción a su alrededor. Todo se desmorona, desde el hielo hasta los árboles, el edificio de concreto, el muro de Berlín con sus letras que gritan y sangran. El río de tinta avanza y comienzo a hundirme.

Negro.

Siento un pinchazo en un brazo y respingo abriendo los ojos con violencia. Los fuegos artificiales se escuchan lejanos, apenas, como si me gritaran cosas en un idioma extraño. Todo lo que veo es la puerta de la celda acolchada cerrarse y me veo limitado por una camisa de fuerza en un mundo real. Me siento lánguido, la lengua está espesa, hinchada, seca...

Quisiera volver. Quisiera volver....


25 de diciembre de 2005.
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Con cariño, El Psicótico de Arcade 215.