lunes, 11 de febrero de 2013

Escrito a futuro.

Bajé los dedos del piano y miré al hombre sentado en el sillón de enfrente, acariciando a un gato que ni siquiera era suyo. Era pequeño, menudo, una hoja de papel como solía decirse a sí mismo. Frágil de salud, a diferencia mía. No puedo creer que fuera el hombre con el que he estado viviendo tanto tiempo. No puedo creer que encontré a alguien que fuera tan diferente y cuyas diferencias lograran encajar y cubrir las mías. Él, intuyendo que la pieza todavía no había concluido me miró con un rostro que lo decía todo. Nunca habíamos necesitado hablar mucho para comunicar lo que queríamos comunicar.

¿Por qué te detuviste?

Me decía su mirada.O eso era lo que leía. Me limité a sonreír y continué con la pieza, casi en modo automático, en un modo en que mis pensamientos volaban lejos de mis dedos, de mis brazos... De mi misma mente.

Era increíble que, a pesar de ser tan diferentes, nunca en nuestra vida nos hubiéramos llevado mal. Nuestros momentos se limitaban a un ¡Lucian, no fumes adentro! Y el pobre tenía que salir afuera para poder terminarse el cigarrillo. Nunca creí que encontraría a alguien que me perfilara, que me conociera tan rápido sin necesidad de tener que contarle todo. Porque ambos notábamos la diferencia entre cuando uno llegaba bien y cuándo había tenido un mal día.

Entonces, nos sentábamos en el sillón y nos mirábamos, hablando en silencio. Nos mirábamos el tiempo que fuera necesario y después nos abrazábamos y cada quién por su lado. Así ha transcurrido mi convivencia con éste hombre. A veces agarra la guitarra y se pone a tocar alguna pieza de guitarra clásica, y me toca a mí sentarme y escucharlo.





Para cuando termino la pieza y vuelvo a la realidad, el gato ya no está y él, a punto de encender un pucho. Sonrío abiertamente. Y entonces, ocurre.



 ¡Lucian, no fumes adentro!

 



Conversación con el espejo.

Ahora la casa se había convertido en un refugio para nosotros durante este crudo invierno. No más la nevada y mojada banca del parque, ahora era la casa. Frente al fuego que desprendía un dulce aroma a pino y dejaba escuchar un sonido relajante mientras era consumido por las llamas. Cada quién en un sillón, enfrascados en dos mundos completamente diferentes.

—¿Qué es la felicidad?— Cuestionó de repente.

Acostumbrada a sus preguntas y sus explicaciones,  miré por encima del libro arqueando la ceja. Tras unos minutos en silencio, como si se burlara de mí al no encontrar una respuesta a su impávida pregunta, cerré el libro y me hundí en el asiento. Siempre haciendo cuestiones sin temer a la contestación que pudiera llegar.

No lo sé. ¿Qué es?—
La felicidad no tiene una definición única para las mismas personas.—
—No comprendo.—

Esbozó una sonrisa resignada mirando hacia la madera un instante. Luego, me clavó la mirada fiera y al mismo tiempo serena, calmada. Como la mirada que dirige alguien que no oculta secretos, o que los oculta perfectamente. Nunca había terminado por conocer al reflejo completamente. Extendí un brazo, haciendo ademán de agarrar la taza de café que estaba un poco fuera de mi alcance.

Por ejemplo, el café te hace feliz. Si no, no te estirarías tanto para alcanzar esa taza que ahora tienes en tus manos y que llevarás a tus labios. Si no, rechazarías que te haya invitado un café. Aceptaste porque te gusta el sabor amargo y dulce que te deja en la boca. Te hacen feliz los libros de esta biblioteca, te hace feliz aspirar el aroma de las páginas nuevas y dejar que las letras te besen de conocimiento. Te gusta mirar la lluvia en invierno. Te gusta dormirte con el gato en la cama sabiendo que no te dejará como los demás te dejaron. Te gusta caminar en la nieve porque a ella no le importa que la pises, o no como al césped. Te hace feliz sentir la lluvia en el rostro, porque es como si pasara a través de los poros de tu piel. Te hace feliz un cigarrillo, aunque sabes que a la larga te hará mal, porque simplemente tus problemas se van con el humo. Te hace feliz el sonido de un violín el cincel para modelar una escultura, el pincel que dibuja un rostro aterciopelado en el cristal húmedo del alma. ¿Comprendes ahora, las cosas sencillas que te hacen feliz?

 No encontré un argumento válido para contrarrestar sus palabras siempre tan acertadas. Sabía lo que me gustara, del derecho al revés, de arriba a abajo. Las pequeñas y las grandes cosas, desde una flor hasta un jet llevando gente al otro lado del mundo. Sonreí y levanté el libro una vez más, y mi acompañante devolvió su vista hacia el fuego. 

No era más que otra conversación con mi reflejo.